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Si buscas el Marruecos de las postales retocadas y los tours masificados, quizá Larache no sea para ti. Pero si buscas autenticidad, el olor a salitre mezclado con té de menta, y una historia que se siente en cada desconchón de sus fachadas blancas y azules, has llegado al lugar correcto.
Situada a medio camino entre Rabat y Tánger, Larache es una ciudad que mira permanentemente al mar. Es nostálgica, vibrante y, sobre todo, real. En esta guía te voy a mostrar sus rincones imprescindibles, desde su laberíntica Medina hasta las ruinas romanas de Lixus.
Para entender Larache, hay que entender que no es solo una ciudad, sino un estratégico balcón al Atlántico que ha sido deseado por casi todas las potencias que han navegado estas costas.
Su historia comienza mucho antes que la ciudad actual, concretamente en la colina de Lixus, fundada por los fenicios hacia el siglo VII a.C. Se dice que fue uno de los asentamientos más antiguos del Mediterráneo occidental y el escenario de mitos griegos.
A lo largo de los siglos, Larache (o Al-Araich, «los emparrados») pasó de ser un pequeño asentamiento pesquero a una plaza fuerte codiciada. Su ubicación en la desembocadura del río Loukkos la convirtió en un nido de piratas, lo que provocó que potencias europeas pusieran sus ojos en ella:
La etapa española: En 1610, el sultán Muley Sheik cedió la ciudad a Felipe III. Los españoles la fortificaron (de ahí sus castillos), pero fue recuperada por el sultán Moulay Ismaíl en 1689.
El Protectorado: A principios del siglo XX (1911), Larache volvió a manos españolas durante el Protectorado, una época que definió su trazado urbano actual, sus plazas circulares y esos edificios de color blanco y azul que hoy le dan su personalidad única.
Esta mezcla de mitología antigua, piratería y herencia colonial es lo que flota en el ambiente mientras caminas por sus calles. No es una ciudad de museos cerrados, sino una ciudad que es un museo al aire libre.
Cualquier visita a Larache debe comenzar en la Plaza de la Liberación (antigua Plaza de España). Es el nexo de unión entre la ciudad nueva, de herencia colonial española, y la Medina antigua.
Es el lugar perfecto para sentarse en una de sus terrazas, pedir un café «mitad-mitad» y ver la vida pasar. La arquitectura de los edificios que la rodean te hará sentir, por un momento, en una ciudad andaluza, pero el bullicio de los vendedores y el llamado a la oración te recordarán rápidamente que estás en el Magreb.
Cruzando la puerta de Bab el-Khemis, entrarás en un mundo aparte. La Medina de Larache no es tan grande como la de Fez, pero tiene un encanto íntimo y marinero.
Qué no perderte en la Medina:
El Zoco Chico: El centro neurálgico del comercio local. Aquí los colores de las especias y las frutas frescas contrastan con el blanco de las paredes.
La Plaza del Makhzen: Donde se encuentra la Torre del Judío y el antiguo alcázar. Desde aquí se obtienen unas vistas preciosas del puerto.
Callejones y fachadas: Lo mejor es perderse sin rumbo. Verás puertas de madera tallada y casas pintadas de un azul celeste que nada tiene que envidiar a Chauen, pero sin las colas de turistas para hacerse un selfie.
Larache fue una plaza disputada por portugueses, españoles y marroquíes, y sus fortificaciones son prueba de ello:
Castillo de las Cigüeñas (Castillo de la Al-Qasbah): Construido por los españoles en el siglo XVII. Su nombre no es casualidad: hoy en día, decenas de cigüeñas han hecho de sus almenas su hogar permanente.
Castillo de San Antonio: Las ruinas del Kebibat (o Castillo de San Antonio) son uno de los puntos más melancólicos y cargados de historia en Larache. Se encuentran en un promontorio rocoso justo frente al Océano Atlántico, marcando el límite de la medina.
Para terminar el día, nada como pasear por la Corniche o el «Balcón del Atlántico». Es un paseo marítimo que bordea los acantilados. Al final del paseo, llegarás al puerto pesquero.
Ver la descarga del pescado al atardecer es un espectáculo de gritos, movimiento y frescura. Larache vive del mar, y eso se nota en su mesa.
Es la playa principal y más querida por los habitantes de Larache. Se encuentra justo al otro lado de la desembocadura del río Lucus. En verano se llena de chiringuitos de caña donde podrás comer pescado frito fresquísimo.
Cómo llegar: Tienes dos opciones muy auténticas. La más clásica es cruzar el río en las barquitas de pasaje que salen cerca del puerto (una experiencia imprescindible). La otra es dar la vuelta por carretera (unos 10 km) si vas en coche.
Apenas a unos kilómetros del centro, al otro lado del río Loukkos, se encuentra el yacimiento arqueológico de Lixus. Es, sin duda, la visita cultural más importante de la zona.
Lixus fue fundada por los fenicios y más tarde se convirtió en una importante ciudad romana. Según la mitología griega, aquí se encontraban los Jardines de las Hespérides, donde Hércules tuvo que recoger las manzanas de oro.
Las fábricas de salazón: Lixus era famosa en todo el Imperio Romano por su garum (una salsa de pescado fermentado muy apreciada).
El Anfiteatro: Único en su estilo en esta parte de África.
Las Termas y los Templos: Desde lo alto de la colina, las vistas del río Loukkos serpenteando hacia el mar son sencillamente espectaculares.
No puedes irte de Larache sin probar su pescado frito. Es el orgullo de la ciudad.
Busca los pequeños restaurantes cerca del puerto o en los callejones que bajan de la Plaza de la Liberación.
Pide un variado de boquerones, calamares y lenguado recién pescado.
Para los más dulces, busca las pastelerías locales y prueba los «cuernos de gacela» con un té a la menta.
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