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Si buscas el Marruecos de las películas, el de los callejones laberínticos, el olor a especias y el bullicio incesante, no busques más: tu destino es Fez. A diferencia de Marrakech, que se ha adaptado más al turismo occidental, Fez conserva una crudeza mágica que te transporta directamente a la Edad Media.
Su medina, Fes el Bali, es la zona peatonal más grande del mundo, con más de 9.000 callejuelas en las que, te lo aseguro, te vas a perder. Y esa es exactamente la idea. Aquí tienes mi guía detallada sobre qué ver y qué hacer para exprimir al máximo la capital cultural y espiritual de Marruecos.
Fez no nació de golpe, sino como el sueño de dos hombres y el refugio de miles de exiliados que moldearon su carácter cosmopolita.
Todo comenzó en el año 789, cuando Idrís I, descendiente directo del profeta Mahoma que huía de los abasíes de Bagdad, fundó Madinat Fas en la orilla derecha del río Oued Fes. Sin embargo, fue su hijo, Idrís II, quien en 809 cruzó el río para fundar una segunda ciudad, Al-Aliya. Durante décadas, Fez funcionó como dos núcleos urbanos rivales separados por el agua.
El destino de Fez cambió para siempre en el siglo IX con dos oleadas migratorias clave:
Fueron los Almorávides quienes, en el siglo XI, derribaron las murallas que separaban ambas orillas para unificar la ciudad bajo un solo recinto defensivo. Aunque trasladaron la capital a Marrakech, Fez siguió siendo el faro cultural. Su verdadero apogeo llegó con la dinastía Benimerín (Mariníes) en el siglo XIII. Ellos recuperaron la capitalidad y construyeron Fez el-Jdid (la Ciudad Nueva medieval) en 1276 para albergar el Palacio Real y la administración. Fue durante esta época cuando se levantaron las madrasas más bellas del mundo, con el objetivo de legitimar su poder a través del conocimiento y la fe.
Tras siglos de brillo, la ciudad sufrió un duro golpe en 1522 con un terremoto que destruyó gran parte de sus edificios. La llegada de la dinastía Saadí desplazó de nuevo el poder a Marrakech, y Fez pasó a ser una ciudad rebelde que los sultanes vigilaban desde fortalezas como el Borj Nord. En 1912, se firmó aquí el Tratado de Fez, estableciendo el Protectorado Francés. Fue entonces cuando el mariscal Lyautey diseñó la Ville Nouvelle (ciudad moderna), salvando irónicamente a la Medina de la modernización agresiva y permitiendo que fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1981.
La cantidad de patrimonio histórico que esconde esta ciudad es abrumadora. Estos son los lugares que no pueden faltar en tu ruta:
Es la entrada principal a la medina antigua y el punto de partida perfecto. Construida en 1913, se la conoce como la «Puerta Azul» por los azulejos de ese color en su parte exterior (el color de Fez). Curiosamente, si la miras desde el lado de dentro de la medina, los azulejos son verdes (el color del Islam).
Las madrasas eran antiguas escuelas coránicas y son el mejor ejemplo de la exquisita arquitectura meriní. La Madrasa Bou Inania es la más grande y una de las pocas de Marruecos que tiene un minarete propio. Sin embargo, la Madrasa Al Attarine, aunque más pequeña, tiene un patio interior cuyo trabajo en madera de cedro tallada, estuco y azulejos (zellige) te dejará sin palabras.
Esta es la imagen más icónica de Fez. La curtiduría de Chouara es la más grande y antigua (data del siglo XI). Aquí verás decenas de fosas llenas de tintes naturales donde los artesanos trabajan la piel exactamente igual que hace mil años.
Un consejo: Para verlas bien, tendrás que subir a las terrazas de las tiendas de cuero que las rodean. Te darán unas ramitas de menta al entrar; acéptalas, el olor de los excrementos de paloma (usados para ablandar el cuero) es bastante fuerte.
Fundada en el año 859 por una mujer, Fatima al-Fihri, está reconocida por la UNESCO y el Libro Guinness como la universidad en funcionamiento más antigua del mundo. Como no musulmán, no podrás entrar, pero asomarte por sus puertas abiertas para admirar su inmenso patio andalusí es obligatorio.
El paraíso del cobre y el latón. Antes de llegar a esta plaza, la escucharás. Es el lugar donde los artesanos trabajan el metal a golpe de martillo, creando ollas, teteras y bandejas gigantes al aire libre.
Aunque no se puede visitar su interior (sigue siendo una de las residencias actuales del Rey de Marruecos), acercarse a la inmensa plaza de los Alauitas en el barrio de Fes el-Jdid es obligatorio. Su fachada es una obra maestra absoluta de la artesanía marroquí: siete imponentes puertas de latón dorado que representan los siete días de la semana (y los siete grados de la monarquía), enmarcadas en un meticuloso trabajo de azulejos zellige y madera de cedro tallada.
Fez alberga el primer barrio judío de Marruecos, creado en el siglo XV cerca de las murallas del Palacio Real para que el sultán pudiera proteger a la comunidad. Pasear por el Mellah supone un contraste arquitectónico brutal con el resto de la medina: aquí las casas tienen grandes ventanas y balcones de hierro forjado y madera que miran directamente hacia la calle, algo impensable en la arquitectura islámica tradicional, donde la vida se hace hacia el patio interior.
Imprescindibles aquí: Visita la Sinagoga Ibn Danan (del siglo XVII) y asómate al Cementerio Judío, una inmensa y sobrecogedora ladera cubierta de tumbas de un blanco cegador que contrastan con el paisaje ocre de la ciudad.
Este es el corazón espiritual de Fez y el lugar más sagrado de la medina. Mulay Idrís II fue el monarca que convirtió a Fez en la capital de su imperio, y su tumba atrae a miles de peregrinos marroquíes cada año. Si no eres musulmán, no podrás traspasar el horm (una barrera de madera en la puerta diseñada para marcar el límite de entrada a los no creyentes), pero sí puedes asomarte desde la calle.
Qué observar: Desde la entrada verás un patio impresionante, alfombras rojas, cientos de velas encendidas, lámparas de cristal y una profunda atmósfera de devoción. Fíjate en las calles que rodean el mausoleo; están repletas de puestos que venden enormes velas decoradas e incienso para las ofrendas.
Para huir de las zonas más masificadas por los turistas, cruza el río Fez hacia este histórico barrio. Su historia es fascinante: fue fundado en el siglo IX por miles de familias musulmanas que llegaron como refugiados huyendo de la represión en Al-Ándalus (concretamente desde un levantamiento en Córdoba).
El centro del barrio: Su gran joya es la Mezquita de los Andaluces, un imponente edificio con una enorme puerta de madera tallada que rivaliza en belleza con la universidad de Al-Qarawiyyin. Pasear por sus callejuelas es disfrutar de un Fez mucho más local, tranquilo y genuino, donde la historia de la península ibérica y Marruecos se entrelazan en cada rincón.
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