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Marruecos está lleno de ciudades vibrantes, pero a menudo los viajeros se debaten entre el caos encantador de Marrakech y el laberinto infinito de Fez, pasando por alto una de las joyas más auténticas del país: Meknes.
Más tranquila, abarcable y relajada que sus hermanas imperiales, Meknes (o Mequinez) es una ciudad que enamora a fuego lento. Sus murallas monumentales, sus zocos donde aún se respira la vida local genuina y su impresionante legado arquitectónico la convierten en una parada obligatoria. ¡Acompáñame a descubrirla!
Para entender la grandeza de Meknes, tenemos que viajar en el tiempo. La historia de la ciudad comienza en el siglo X, cuando una tribu bereber llamada Meknassa se asentó a orillas del río Bou Fekrane. Lo que empezó como un modesto campamento fue creciendo, y en el siglo XI, la dinastía de los almorávides construyó allí una fortaleza.
Sin embargo, el verdadero apogeo de Meknes, su «Siglo de Oro», llegó a finales del siglo XVII bajo el reinado del temible y ambicioso Sultán Moulay Ismail (de la actual dinastía alauita). Moulay Ismail decidió trasladar la capitalidad desde Fez a Meknes y se propuso construir una ciudad que rivalizara con la corte de su contemporáneo europeo, Luis XIV de Francia. Por esto, a Meknes a menudo se la conoce como el «Versalles de Marruecos».
Durante sus 55 años de reinado, el sultán ordenó la construcción de más de 40 kilómetros de imponentes murallas, decenas de puertas monumentales, inmensos palacios, graneros, caballerizas gigantescas y hermosos jardines. Se dice que empleó a miles de esclavos y cautivos cristianos para levantar este sueño imperial.
Lamentablemente, gran parte de esta grandeza se vio afectada por el devastador terremoto de Lisboa de 1755, que derribó muchos de los palacios y monumentos. Poco después, la capitalidad volvió a Marrakech, y Meknes quedó como un testigo silencioso de su antigua gloria. Durante el Protectorado Francés en el siglo XX, se construyó la Ville Nouvelle (ciudad nueva) separada del casco antiguo.
Hoy en día, su asombrosa mezcla de diseño islámico y europeo del siglo XVII le ha valido el título de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (desde 1996).
La ventaja de Meknes es que sus monumentos están relativamente cerca unos de otros. Prepárate para caminar y empaparte de historia. Aquí tienes los imprescindibles:
A diferencia de la inabarcable Fez, la medina de Meknes es mucho más tranquila, luminosa y fácil de navegar. Piérdete por sus callejuelas y descubre sus zocos tradicionales, donde los artesanos locales trabajan el cuero, el metal y la madera. Es el lugar perfecto para comprar babuchas, alfombras o especias a precios mucho más razonables que en otras ciudades turísticas y, lo mejor de todo, sin el agobio constante de los vendedores.
El corazón palpitante de Meknes. Esta inmensa explanada separa la medina antigua de la ciudad imperial de Moulay Ismail. Es la respuesta de Meknes a la famosa plaza Jemaa el-Fnaa de Marrakech, aunque a menor escala. Por el día es un lugar de paso, pero al atardecer cobra vida con encantadores de serpientes, cuentacuentos, músicos y decenas de puestos de comida.
Desde la Plaza el-Hedim podrás admirar la joya de la corona: Bab Mansour. Terminada en 1732, está considerada la puerta más grande y hermosa de todo Marruecos (y de las más impresionantes del norte de África). Sus intrincados mosaicos de azulejos (zellige) verdes y blancos, y las columnas de mármol que el sultán trajo desde las ruinas romanas de Volubilis, te dejarán sin aliento. No olvides buscar también otras puertas impresionantes como Bab el-Khemis.
Situada en el corazón de la medina, sus orígenes se remontan al siglo XII bajo el imperio almorávide. Destacan sus tejados de tejas verdes y su elegante minarete. Aunque la entrada está prohibida para los no musulmanes, rodearla y escuchar la llamada a la oración desde sus cercanías es una experiencia mágica.
A pocos pasos de la Gran Mezquita se encuentra esta antigua escuela coránica del siglo XIV (época meriní). Es una obra maestra de la arquitectura islámica. Sus paredes están cubiertas de estuco tallado, madera de cedro esculpida y coloridos azulejos. Sube a su azotea: tendrás una vista privilegiada del minarete de la Gran Mezquita y de los tejados de la medina.
Ubicado en un suntuoso palacio del siglo XIX construido por la poderosa familia Jamai (visires del sultán). Sus patios andalusíes y jardines son un oasis de paz. En su interior, el museo alberga una excelente colección de artesanía tradicional marroquí, desde cerámica y joyería hasta impresionantes alfombras del Medio Atlas.
Un gigantesco complejo rodeado por murallas inexpugnables. Aunque es una de las residencias oficiales del actual rey de Marruecos y su interior no está abierto al público, pasear por su perímetro (cerca de la inmensa plaza del Mechouar) te dará una idea de la escala colosal de los proyectos de Moulay Ismail.
Es uno de los pocos recintos religiosos de Marruecos (junto al Mausoleo de Mohammed V en Rabat) que permite la entrada a no musulmanes. Atravesarás varios patios tranquilos hasta llegar al santuario donde descansan los restos del sultán creador de la ciudad. La sala principal, decorada con fuentes, yeserías talladas y alfombras exquisitas, transmite una serenidad absoluta.
Debajo de los pabellones de la ciudad imperial se esconde un misterioso laberinto subterráneo. Conocida como la prisión de Qara (por el arquitecto portugués que supuestamente la diseñó), la leyenda cuenta que aquí llegaron a estar encerrados decenas de miles de prisioneros y cautivos cristianos que trabajaban en las construcciones del sultán. Un lugar lúgubre, oscuro y lleno de misterio.
A las afueras de la ciudad imperial, este complejo te dejará boquiabierto. Por un lado, inmensos graneros con bóvedas gigantescas diseñados para mantener una temperatura fresca y almacenar grano durante años. Por otro, las ruinas de las caballerizas, donde Moulay Ismail llegó a albergar a más de 12.000 caballos. Justo al lado, puedes pasear por el Estanque de Agdal, un inmenso depósito de agua artificial de 4 hectáreas que abastecía a la ciudad.
Para poner el broche de oro a tu estancia en Meknes, tienes que hacer una excursión de medio día a Volubilis, situada a unos 30 kilómetros de la ciudad. Son las ruinas romanas mejor conservadas de Marruecos (también Patrimonio de la Humanidad). Pasear por lo que queda de sus basílicas, templos y arcos de triunfo, mientras admiras los increíbles mosaicos de suelo que han sobrevivido milenios al aire libre, es un viaje en el tiempo fascinante.
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